Las palabras importan

Soy una gran lectora. Desde muy pequeña, me apasiona la lectura y me fascinan las palabras. Leo todo tipo de novelas, desde historia a fantasía, pero también leo mucho sobre ciencia, sobre relaciones humanas, sobre el lenguaje y la forma de comunicarnos. Me gusta leer y me gusta escribir, porque escribir me ordena el pensamiento y me permite expresarme mucho mejor que de forma oral.

Te preguntarás a qué viene todo esto y qué tiene que ver con mi profesión o con tu salud, que es de lo que va este blog. Pues tiene mucho que ver, porque precisamente las palabras son el vehículo por el que viaja la información y la salud también necesita de las palabras para contar lo que pasa. 

La ciencia y el lenguaje no están libres del sexismo que impera en el mundo, y esto, aún sin apenas darnos cuenta, también tiene una repercusión directa en la salud de las mujeres.

Empecemos por la anatomía humana, concretamente la anatomía femenina. Cómo se han nombrado (o no) nuestros cuerpos y nuestros genitalesno es una casualidad sino, más bien, una causalidad. Vulva y vagina se confunden en casi todos los textos educativos, si es que la palabra vulvallega a aparecer. Nadie confunde un pene con unos testículos, pero socialmente se llama de forma indistinta a la vulva, que es nuestra parte externa, y a la vagina, que es sólo una parte interna de toda nuestra genitalidad. Ni labios, ni clítoris, ni nada más: todo es vagina. No voy a entrar en el análisis etimológico de todas las palabras porque no tendría fin esta entrada, pero valga solo un ejemplo ya que es la palabra más utilizada: vagina viene de “vaina”, porque lo importante en el pensamiento antiguo no es lo que fuera capaz de hacer por sí misma, sino que servía para “enfundar” lo verdaderamente importante: el pene. Así es. el lenguaje se genera por el pensamiento y el pensamiento se crea por las palabras, que  modifican, condicionan y generan el lenguaje.

Si seguimos nombrando partes de nuestra anatomía, encontramos nombres de señores que “descubrieron” lo que teníamos dentro, y así, perdimos hasta la propiedad de nuestros cuerpos y sus partes; ya no teníamos trompas uterinas, sino que eran de un tal Falopio, o las glándulas que producen la lubricación de la entrada de la vagina  no son del vestíbulo sino de un señor llamado Bartolino. Y así, un montón de trocitos de mujer. 

El otro día escuchaba el podcast “Queridas Hermanas” y me embelesaba oyendo los argumentos de María Martín y Teresa Meana sobre cómo el lenguaje debe evolucionar y cambiar porque no podemos cambiar el mundo si seguimos usando las mismas palabras que describían el mundo anterior o cómo el uso torticero del lenguaje sirve para ocultar ciertas cosas o maquillar otras para que parezcan lo que no son, pues el lenguaje, el escoger unas palabras u otras no obedece tanto a una lógica como a una ideología, y de ahí la resistencia al cambio.

Hace ya unos años que se intenta que cambien las palabras que describen nuestros cuerpos, sobre todo cuando sabemos que algunos de estos señores que pusieron la banderita dentro de nosotras fueron especialmente crueles y misóginos en sus experimentos con los cuerpos de las mujeres.

Otras palabras aparentemente inocuas, después de darle una pensada más, resulta que no lo son tanto. Los labios vaginales, por ejemplo. Los conocemos como mayores y menores y eso, así leído, no parece tan mal. Pero pensemos un poco: ¿qué define que sean mayores o menores? No son palabras que los describan en todas las mujeres, a menos que encajen en un estereotipo. Los labios externos, o labios de piel y vello, no siempre son más grandes que los internos, o labios de tejido mucoso. Si acaso, una descripción más gráficamente acertada sería que los labios más externos son más gruesos que los internos, que son más finos. Pero como los conocemos como mayores y menores, en nuestra mente, sin querer, siempre se imagina que los labios externos deben ser grandes y cubrir a los internos, que deben ser mucho más pequeños y no sobresalir. ¿Y qué pasa con eso? Simplemente que, de no ser tus labios así, como lo es en la mayoría de las mujeres, supones que te pasa algo “anormal”. Como dato, las labioplastias o ninfoplastias (que así se denominan también los labios: ninfas, diosas menores de la mitología) se han multiplicado escandalosamente en los últimos años en ese afán de tener unos labios internos que encajen en ese molde estereotípico aniñado que trata de imponer cierto sector social masculino pornificado.

Es necesario revisar las palabras y cambiarlas si las que hay no son las más adecuadas. Y también es muy necesario que pongamos las palabras que hay a la vista, que conozcamos los nombres de las diferentes partes de nuestros cuerpos, que se mencionen en los textos educativos no sólo de forma correcta sino también en la frecuencia correcta, sin que ninguno esté ausente.

Desde aquí, lo menos que puedo hacer es nombrar de forma más correcta nuestro sistema sexual y reproductivo, en su totalidad y en todo su esplendor.

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