Sin fantasía no hay paraíso

 

No podemos crear sin imaginación. El mundo sería un lugar lúgubre e inhóspito si no fuera porque grandes personas, en algún momento, imaginaron cosas que después crearon y mejoró la vida de todas. Esto es así en todos los ámbitos de la existencia, incluido el sexo.

 

Para que el placer nos recorra el cuerpo, la mente tiene que poder imaginarlo primero. ¿Y cómo se hace? De muchas formas: por observación, por exploración, por conocimiento. Nuestro cuerpo funciona. Para que funcione correctamente, hay que conocerlo y experimentar con él. 

 

Cuando somos pequeñas, movidas por la curiosidad, nos tocamos y vamos almacenando datos en nuestro cerebro: esto me gusta, esto duele, esto da gustirrinín, esto da gustirrinón… y así vamos teniendo conciencia de las sensaciones corporales. 

 

A medida que crecemos, y nuestra capacidad mental adquiere habilidades para elaborar conceptos más complejos, podemos imaginar combinaciones de sensaciones corporales y experimentar con ellas: si hago esto de esta manera, siento aquello, pero si lo hago de otra manera, lo siento diferente. Va creciendo nuestro banco de datos sensoriales y de mecanismos de obtención del placer.

 

Empezamos a observar el mundo que nos rodea, y a descubrir que ciertas imágenes, ciertos olores o ciertos sonidos, nos producen una respuesta sexual. Es importante prestar atención, porque, al principio, no lo asociamos. Es la madurez y la repetición la que nos hace darnos cuenta de que hay estímulos eróticos para nosotras. Y vamos construyendo nuestro imaginario sexual: lo que nos excita y lo que no.

 

En etapas tempranas de la vida, entrar en contacto con el porno, con imágenes violentas y degradantes de las mujeres, es demoledor porque nos destruye el imaginario sexual saludable y las fantasías se pueden ver condicionadas. Como además, estas respuestas estimulan una zona del cerebro relacionada con la adicción, nuestro cerebro puede modificarse físicamente y establecer circuitos de respuesta no adecuados.

 

Construirnos un imaginario variado, sano y respetuoso, pasa por conocer lo que nos gusta y tener libertad de experimentar. La fantasía sexual es imaginación, y no es ni necesario llevarla a cabo ni se debe juzgar nunca. Si fantaseamos con situaciones que nos generan malestar “moral”, quizá deberíamos revisar de dónde sale y por qué, sin juicio pero con conciencia. Las fantasías no son deseos, pero la fantasía genera deseo. Y, a veces, precisamente es la no realización de la fantasía lo que genera más deseo. Pero la culpa nos cae fácilmente, sobre todo a las mujeres.

 

Necesitamos la fantasía para gozar del sexo. Porque el sexo cambia, evoluciona, y gran parte del éxito es poder imaginarlo de forma diferente. Cuando hacemos las mismas cosas, de la misma forma, una y otra vez, el cerebro deja de emitir respuestas: se aburre y desconecta. La fantasía saca al cerebro de la rutina, del acomodamiento, y estimula que se produzcan respuestas más intensas. Fantasear es vivir. Te recomiendo que veas o  escuches este encuentro del Vermut del Coño con Fátima Vera en el que hablamos de Fantasías sexuales y es una gozada. Puedes verlo AQUÍ 

 

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